Cuando quedé embarazada fui felíz, pero también reconozco que me aterré de los pies a la cabeza. Primero, porque siempre tuve la idea que como mamá sería un desastre, ya que normalmente soy un fiasco con mis cosas y mis tiempos. Entonces, pensaba que si con suerte me podía mantener a mi misma, cómo cresta me iba a hacer cargo de una criatura que iba a depender al mil por ciento de mi. Pensé muchas veces que no estaba preparada para asumir tanta responsabilidad. O sea en la vida soy bastante responsable (me preocupo de hacer mis cosas, cumplir con la pega, alimentarme bien, etc.), sin embargo ser mamá no estaba dentro de mis planes, sobre todo cuando recién me había casado con mi Mauro después de años de haber convivido juntos. Y aunque sé que muchos piensan que es solo la continuidad de vivir bajo el mismo techo, déjenme decirle que NO ES LO MISMO. Ser esposa te imprime un sello más a una relación, te cambia el switch de pensamiento por completo porque asumes un rol férreo hacia tu familia y puede que suene cliché para algunos, pero el decir: Sí quiero hasta que la muerte nos separe; conlleva una decisión de compromiso muy importante; no tanto por la cháchara de la religión sino por lo que sientes en tu corazón y cómo finalmente decides entregarte por completo a una persona conociendo su lado A, B y C. Por ello, la noticia que mi bebé venía en camino, me hizo tambalear y fue como si me tiraran un gran balde de agua fría (estaba preparada para ser esposa, pero no para ser mamá) y tuve que reunir fuerzas y valentía desde los huesos para enfrentar tanto la enorme tarea que se me iba a venir por delante, así como también enfrentar grandes e integrales cambios de mi vida como lo fue en el plano profesional.
Quizás la vida me quizo dar una tregua después de haber trabajado por años como una verdadera mula, sacrificando fines de semana, horas de sueño y cuánto más para poder estudiar y perfeccionarme aún más...claramente esos cuatro o cinco años de tanto desgaste me pasaron la cuenta y terminé por desarrollar un trastorno complicado de ansiedad que derivó en crisis de pánico (MARAVILLOSO). Francamente, no sé cómo mierda llegué a ese estado, pero lo que si sé y puedo dar fe que durante todo mi embarazo tuve que darle la pelea tupido y parejo.
Fue en ese momento donde tuve que guardarme mi cartón de profesional, bajarme de la rueda de la fortuna y asumir que lo más importante en ese momento era mi hija que estaba creciendo en mi vientre, por ello debía ser fuerte y guardar todas mis energías para no usar ningún tipo de ansiolítico que atentara contra su integridad ( tuve que soportar al menos 5 ó 6 crisis de pánico, sola en casa, apoyándome solamente de mis ejercicios de respiración que aprendí en Yoga). Así que del miedo y al pánico me convertí en Wonder Woman de un suácate y saqué mi embarazo adelante dejando de lado todos mis proyectos laborales que tenía para ese momento; por un año entero colgué el delantal del profe y vi con nostalgia las fotos con mis alumnos y mis colegas más queridos añorando con fuerza estar en una sala de clase como a mi tanto me gusta.
Luego nació mi bollito de amor y la depresión junto con la ansiedad siguieron sentadas en el living de mi casa y con ello nacieron las aprehensiones. Es ahí donde nació también mi segundo GRAN miedo y estoy segura que no soy la única madre en el mundo que lo experimenta; por un lado deseo con todas mis ansias volver a trabajar, tener mi independencia económica como la mujer "emancipada y rebelde" que soy y por otro lado creo que no existe en el mundo otra persona que cuide a mi hija tan bien como lo hago yo (sí, lo reconozco soy una mamá aprehensiva y mega quisquillosa) y es ahí donde literalmente me como hasta las uñas de los pies, pensando en cómo buscar un equilibrio para resolver este dilema, sobre todo, cuando aún me encuentro con la molesta depre postparto.
Le he consultado a mi almohada y a las ovejitas de los sueños, a los horóscopos y a los símbolos que aparecen en mis sueños y solo consigo entrar en más estrés pensando en cuál será mi decisión, pues e trabajar en tiempos de crianza, es un tema muy difícil y conlleva a tomar decisiones drásticas y dolorosas. Bueno, estoy más tiritona que espejo de micro porque no sé qué decisión debo tomar y ese es el punto; he llegado al límite de mi zona de confort y estoy nuevamente aterrada por este nuevo mundo que llega a mi y que me obliga a reinventarme una vez más.
Solo espero que San Guchito, Buddha y Dios me den un palmazo en el traste y me pongan frente a las señales que debo seguir y que los ansiolíticos no vuelvan más a esta vereda de pensamiento, que el diablo se deje de hueviar y enviarme depresiones y demonios pasados y que el angelito Gaibriel me muestre la llave que encaje perfecto para la puerta número 1, 2 y 3 de este gran concurso que es la vida.
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